lunes, 31 de enero de 2011

Un plato de realidad.

EN QUÉ MUNDO VIVIMOS? Después de Einstein e Hitler, la Revolución de Octubre e Hirosima, las comunas chinas y la derrota del colonialismo (con las llagas que dejó abiertas en África y Asia) ha pasado poco más de un siglo, en cuyo transcurso, los conocimientos humanos se han duplicado cada diez años, mientras la población mundial ha encontrado la manera de triplicarse. Ahora se puede dar la vuelta al mundo en unas cuantas horas. Sin embargo, mientras una pequeña parte de la humanidad se prepara para viajes interplanetarios o se preocupa de que crezca la industria, 2/3 todavía sufren hambre, y gran parte del tercio restante es incitada a equilibrar con un consumo superfluo la creciente diferencia entre progreso técnico y desarrollo económico, y a colmar con productos de la industria de la evasión o del escapismo del vacío dejado en los espíritus por la crisis de lo que antes se llamaba ideales.
            Es que estamos tan inmersos en el sistema capitalista que hemos interiorizado los valores individualistas hasta el punto de que no nos importa nada el otro? (y que conste, que estoy a favor del libre mercado).
           Centrandonos en la crisis económica actual y en los países desarrollados, esto no parece ser el único motivo, al menos no en nuestro país, puesto que cuando nos toca a nosotros mismos, y lo estamos viendo ahora…TAMPOCO HACEMOS NADA! Por qué? Quizás sea cierto que una vez muertas las ideologías (ante la victoria del capitalismo, como predicó Fukuyama), el mundo ha quedado en manos de gente práctica que anula nuestros cerebros bajo montañas de nada.
            Reforman las pensiones, quitan las ayudas para el desempleo, el cheque-bebé (aunque sinceramente, tampoco lo creía muy necesario), aumentan la edad de jubilación, al mismo tiempo que nos obligan a hacer posgrado, a tener experiencia laboral previa (menos mal que se podrán reconocer como cotizados dos años de becario), es decir, que no podemos incorporarnos mucho antes al mercado laboral, y ¡menos en la situación actual! Todo eso sin contar con que, después de la pésima formación que recibimos en la educación primaria y secundaria, ahora con el Plan Bolonia nos limitan a obtener conocimientos prácticos para el supuesto puesto de trabajo que desempeñaremos (se ve que consideran que es mejor que no sepamos más de la cuenta), pero ese es otro tema que tocará otro día. Y ante todo esto que hacemos?? NA-DA, nada de nada, dónde están los jóvenes idealistas? O incluso, los no idealistas, simplemente, la gente que mira por su propio interés? Definitivamente, como decían los Celtas Cortos, “en el país de don balón, por mi equipo manifestación”, y tristemente, por nada más. Estamos inmersos en un conformismo extremo.

            No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. Decía Einstein (quizás en un sentido demasiado optimista), que la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.
            El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
            Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
            Como dije, quizás es una visión excesivamente optimista de la crisis, pero hay algo que es cierto y es que debemos acabar de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

                                                               
Puede que mi problema sea que necesito creer que, además de las ideologías, no han muerto los valores.

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