¿Podríamos convivir sin mentir? ¿O podríamos resistir la adversidad sin mentirnos a nosotros mismos? Claro que no.
Anosognosia es el nombre científico para designar a quienes se niegan a querer saber lo malo, se trate de una quiebra o una grave enfermedad. De hecho, nos diagnostican un cáncer pero nos esforzamos en convencernos de que con voluntad lo venceremos y que acaso no sea tan grave y responderá al tratamiento.
Nos vemos feísimos en la foto pero pensamos que se debe a la cámara, a la luz o al enfoque. Con mentiras afrontamos la frustración, con mentiras nos consolamos de un desdén amoroso o un fracaso profesional atribuyéndolos a la injusticia o la mala suerte. La suerte, el azar o la mala estrella acuden para conjurar nuestra culpa, nuestra incompetencia o nuestro error. Pero, ¿por qué no seguir mintiendo? ¿Por qué no continuar engañándonos? Una razón económica sería la de dar trabajo a los psicólogos. Una razón moral sería la de ser honestos con nosotros. Sin embargo, una razón humana sería totalmente la contraria. Los optimistas son más felices que los pesimistas sin tener motivos objetivos para ello. La sociedad actual parece mejor o peor, más o menos confortable, cuanto más nos empeñamos en que el pasado fue incomparablemente superior, más ordenado, más honrado, más bello. Pero todo es mentira. El reino de lo falso o falsificado, de la falacia y de la falencia, de la impostura, de la compostura y de la postura constituye el medio natural donde nuestra existencia pervive.
"Non tibi notus erit, quamvis speculum speculeris" (no te conocerás aunque te mires en el espejo)
[Vicente Verdú, El País, 09/10/10]

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